Nos dijeron que todos estamos en el mismo barco. Mentira. Estamos en el mismo mar, pero algunos enfrentarán la tormenta en sus yates; otros, aferrados a una tabla, y la mayoría, luchando desesperadamente por mantenerse a flote y no morir ahogados. ¿Una metáfora pesimista? Tal vez. Lo verdaderamente trágico es que todavía pretendan hacernos creer que la culpa de todo la tiene la lluvia.
Lo indignante es que llevamos décadas hablando de salvavidas. Los presupuestamos, los anunciamos, les ponemos nombre y hasta los celebramos con discursos. Pero cuando llega el agua, hay familias que siguen esperando. En este país, parece que una obra puede recorrer más oficinas que kilómetros, y que a veces los únicos que llegan a tiempo son los que cobran.
No digo que todo el dinero se lo hayan robado, pero digo algo que ya en sí es bastante grave: mientras los expedientes van y vienen, el río no espera. Y, cuando hay corrupción, el dinero que falta no es una cifra en un papel: puede ser el muro que no protegió una casa o la ruta de escape que nunca se construyó.
Pensemos en esa casa levantada en la ladera de un cerro. Una madre mira el cielo. No le interesan los nombres de las corrientes marinas. Piensa en sus hijos. En las paredes que su familia levantó de a poquitos, con tablas, triplay y calaminas que compraban cuando alcanzaba la plata. En si podrá sacarlos a tiempo si baja el huaico.
Más abajo, junto a un río, otra familia sabe hasta dónde llegó el agua la última vez. Recuerda el camino que desapareció. Recuerda también que la ayuda tardó días, semanas, incluso años en materializarse.
Seguimos el río. Un agricultor mira su chacra: si pierde la cosecha, quizá no pierda solo unos meses de ingresos, sino años de arduo esfuerzo.
Para ellos, el llamado “Super El Niño” no es una frase para abrir el noticiero; es el miedo a quedarse sin casa, sin trabajo o sin ese ser amado a quien abrazar con fuerza cuando todo termine.
El aviso existe. El organismo que vigila al fenómeno de El Niño en el Perú, el ENFEN, mantiene la alerta y señala que el calentamiento del mar podría tener una magnitud extraordinaria hasta enero de 2027. Eso no quiere decir que todos los pueblos vayan a inundarse; quiere decir que no tenemos derecho a fingir sorpresa ni a esperar sentados la próxima temporada de lluvias.
El Niño tampoco es un visitante desconocido. Los desastres de 1982-1983, 1997-1998 y 2017 debieron, cada uno, enseñarnos lo que ocurre cuando el peligro encuentra a un país mal preparado. Sin embargo, después de cada tragedia se repite la misma función: autoridades en helicóptero con botas de goma recién estrenadas para la foto, promesas de reconstrucción y anuncios de obras “urgentes”. Luego, las cámaras se van. La gente se queda. Y muchos problemas, también.
Hay hechos que no caben en una excusa. En julio de 2026, la Contraloría advirtió que seguían inconclusas obras para proteger poblaciones cercanas a los ríos Lacramarca, Casma y Huarmey, en Áncash. Al cierre de ese mismo mes, 109 municipalidades no habían ejecutado recursos de un programa destinado a reducir el riesgo de desastres.
Que no se haya gastado ese dinero no prueba, en sí, un robo. Pero ¿qué consuelo es ese para quien duerme en una zona que debía y, peor, que podría estar protegida? ¿De qué le sirve a esa familia saber que el dinero está en el presupuesto cuando el agua ya entró a la cocina?
La lluvia no vende terrenos en las quebradas. El río no concede permisos de construcción. El huaico no firma contratos, no entrega una obra a medio hacer ni decide que limpiar un cauce puede esperar al año siguiente. Todo eso lo hacemos, o dejamos de hacerlo, las personas, las autoridades. Y quienes tienen el deber de proteger a la población deben responder por sus decisiones. Esa responsabilidad no desaparece porque termine un mandato o cambie un gobierno.
También conviene recordar algo antes de señalar con el dedo a quienes viven en lugares peligrosos con la clásica perorata de que son ellos responsables por seguir viviendo al lado del río: muchas de esas familias no eligieron libremente el riesgo, llegaron a él porque no podían pagar otro terreno, porque cerca les quedaba el único trabajo al que podían acceder, o porque alguien les vendió un lote donde jamás debió construirse un poblado. Y, además, luego de eso, durante años, han visto aparecer postes, calles y promesas; ¿ahora vamos a decirles, desde nuestra casa segura, que debieron mudarse?
Prevenir no es aparecer después del desastre repartiendo frazadas. Es limpiar los cauces a tiempo, construir defensas donde realmente se necesitan, respetar las zonas de peligro y ofrecer un lugar seguro a quienes viven donde el riesgo es inevitable. Hay quebradas por las que bajan huaicos desde hace miles de años. Sus caminos son conocidos. Entonces, ¿por qué no se protegieron a tiempo las zonas pobladas? ¿Por qué seguimos permitiendo que se construyan viviendas en el camino de los huaicos? ¿Y por qué luego fingimos sorpresa cuando el desastre se repite?
Y no, la tormenta no golpeará a todos igual. Para algunos será una carretera cerrada, acaso una pérdida económica; para otros, ver desaparecer en una noche lo que tardaron toda la vida en levantar. A una familia que se quedó sin nada no le digan, con una sonrisa, que tiene la oportunidad de “empezar de nuevo”. Primero pregúntenle de dónde va a volver a sacar el primer ladrillo.
No podemos detener a El Niño. Pero si otra vez los mismos pobres pierden sus casas, sus sueños y hasta sus vidas, que nadie tenga el descaro de llamarlo una desgracia natural. El Super Niño traerá la “Súper Lluvia”, pero si por nuestra negligencia vuelven a encontrarse las mismas familias sin salvavidas, ya no tendremos cara para decir que es una pena pero que la tragedia es es culpa del cielo.
El Estado tiene una responsabilidad de la que no puede escapar. Pero fuera de sus oficinas también hay quienes cuentan con maquinaria, medios de transporte, conocimientos y enormes recursos. Me refiero a los grandes empresarios peruanos y a las empresas transnacionales, que tienen la capacidad de hacer mucho más que mirar desde lejos: pueden y deben ayudar antes, durante y después de la tragedia.
Tal vez sea hora de que esas voluntades dejen de caminar cada una por su lado y se unan a una marcha común, sin esperar una invitación, sin competir por una foto, sin hacer de la solidaridad otro acto de inauguración. Porque, cuando baje el agua, unos regresarán a sus escritorios, mientras que otros saldrán a buscar entre el barro la ropa de sus hijos, unas cuantas pertenencias, y lo poco que haya quedado de sus vidas.


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