La paciencia del pueblo ha caducado. Las calles ya no se llenan de consignas solamente: se llenan de nombres, de memorias, de reclamos largamente ignorados. No se marcha únicamente por un futuro; se marcha por un pasado. Se exige justicia. No como un ideal abstracto, sino como una deuda concreta, pendiente y urgente.

Durante décadas, quienes han gobernado se han amparado en la narrativa de la reconciliación nacional. Un término bonito para disfrazar lo que, en realidad, ha sido una estrategia de supervivencia del poder: perdonarse entre ellos a costa de todo el resto de nosotros. Nos han dicho una y otra vez que “estamos en el mismo barco y hay que mirar hacia adelante”… Esa frase huele a humedades y moho. ¿Siquiera se han atrevido a mirar a los ojos al país que ayudaron a destruir? Es la misma mentira que nos han repetido hace décadas para anestesiarnos y luego robarnos los zapatos / los frejoles / hasta la rabia. La realidad es otra:  compartimos el mismo mar, pero no el mismo barco ni mucho menos las mismas condiciones para sobrevivir.

Mientras algunos navegan en yates blindados, protegidos del temporal gracias a sus privilegios y conexiones —y bien por ellos, ¡si es que se lo han ganado!—, otros apenas logran mantenerse a flote, aferrados a desechos cargados por la marea, manoteando y pataleando a contracorriente en aguas cada vez más hostiles.

No todas las crisis golpean por igual. La tormenta es colectiva, pero los salvavidas son desiguales. Por eso, la salida no puede ser una fórmula genérica: Por eso la salida no puede ser genérica: debe tener nombre, justicia y reparación.

Pues bien, ahora, una vez más aparecen en escena nuevos y viejos rostros prometiendo “¡borrón y cuenta nueva!”… Yo veo el mismo cinismo, pero hoy disfrazado de moderación, de pacificación, de tecnocracia. Como si el pueblo no entendiera. Como si no recordara. Como si no le doliera.

¡Pues no! El ciudadano peruano, y, en especial, el peruano joven, el de la GenZ conectado orgánicamente al planeta desde el instante en que sus dedos aprendieron a deslizar una pantalla, ya no está para eso.Ya no se traga cuentos. Ya no cree en discursos vacíos ni en llamados a la unidad que solo benefician a los de siempre. Ya fue. Esta generación no pide favores: exige justicia. No está esperando mesías, sino responsabilidades asumidas y cuentas saldadas.

El malestar social que hoy sacude nuestras plazas, nuestros muros, nuestras redes y nuestros corazones, no es un fenómeno superficial ni momentáneo; es la acumulación de décadas de abusos, mentiras, saqueos, traiciones y, sobre todo, impunidad. Los últimos dos años, con su desfile grotesco de escándalos, pactos oscuros y blindajes descarados, tan solo han sido la gota que derramó… mejor dicho: que acabó reventando la represa.

Esta no solo es una crisis política. Es una crisis moral. El principal problema no es la corrupción, sino ¡que la corrupción no tiene consecuencias!

Y esa impunidad heredada es precisamente la que ha formado la conciencia de una generación que creció viéndola normalizada.

Los mayores, que creímos que la juventud de hoy era apática, de pronto descubrimos con sorpresa que es la subestimada generación Z la que marca el pulso moral del país y el tono de esta indignación colectiva. Son jóvenes que crecieron viendo cómo los corruptos se volvían congresistas, ministros y hasta presidentes; cómo los saqueadores eran recibidos en foros internacionales; cómo los peores crímenes de corrupción se cubrían con una campaña de marketing. Resultaron ser críticos, emocionalmente comprometidos, tecnopolíticos (es decir, articulan su acción política a través de la tecnología y las redes digitales), pero, sobre todo, están hartos. Hartos de ver a sus padres sobrevivir, a sus barrios hundirse, a sus hospitales colapsar. Hartos de que los llamen extremistas por exigir algo tan básico como que los culpables paguen.

No es rabia vacía: es conciencia acumulada.

Como digo, esta generación no busca un líder mesiánico, ni una solución mágica. No están esperando que alguien venga a “salvarlos”. Están construyendo una brújula moral basada en principios: memoria, verdad, justicia y reparación. Y, sí, se inspiran en ficciones, en dramas asiáticos donde los villanos caen, donde el equilibrio se restablece, donde las víctimas no quedan en el olvido… ¿Y qué? ¿Acaso no es ficción lo que nos han vendido por años desde los partidos, los medios y las cúpulas?Al menos en esos dramas, hay justicia. Aquí, en la realidad peruana, ni eso.

El lenguaje del poder ya no conmueve

Cada vez que un político dice “pasemos la página”, la gente escucha otra cosa:

“Nada va a cambiar. Los mismos seguirán arriba. Y tú seguirás abajo.”

El porqué es simple: en este país “borrón y cuenta nueva” siempre ha significado impunidad para arriba y sacrificio para abajo. Ha significado hospitales sin insumos, escuelas sin techos, familias sin justicia. Ha significado ver al culpable brindando en un restaurante caro, mientras la madre de un joven asesinado aún espera justicia…

Lo que nunca parecen anticipar es que, cuando la justicia no llega, la rabia toma su lugar. Y yo siempre me pregunto, ¿qué esperan, que la gente sonría mientras le pisan el cuello? No se trata de venganza se trata de dignidad. Se trata de que, si el Estado no actúa, si la ley no sirve para proteger al ciudadano, entonces el ciudadano ya no le debe obediencia a esa ley, sino a su conciencia. Llegado a ese punto, ya no se grita: se despierta.

Ahora, a mis 68 años, tampoco busco que arda la pradera en llamas… nunca fue mi estilo, y mucho menos ahora. Pero sí, como estratega político, advierto sin titubeo: Quien construya su discurso sobre el perdón, tarde o temprano perderá. Quien hable de unidad sin justicia, al cabo será visto como cómplice. Quien no se atreva a nombrar a los culpables, pues ya está del lado equivocado.

Lo que se necesita es un nuevo pacto, pero con memoria. La calle exige una narrativa nueva, no de reconciliación falsa, sino de restauración moral. Una en que la reparación no sea simbólica, sino concreta: procesos judiciales reales, confiscación de bienes, inhabilitación política, expulsión social de los corruptos.

No basta con cambiar caras. Hay que cambiar el sistema, y eso comienza haciendo pagar a los que lo corrompieron.

Me vienen a la mente dos frases que al menos mis coetáneos y yo habremos sentido colgadas en el viento desde que nuestros dedos aprendieron a pasar las páginas del mundo y de una Latinoamérica que buscaba despertar hace medio siglo:

No hay justicia sin memoria. No hay paz sin justicia.

La sociedad no puede sanar si no se reconoce el daño. No hay reconciliación sin reconocimiento del dolor. Se habla mucho del “poder del perdón” pero no se aclara que perdonar no es sinónimo de olvidar ni de fingir que no pasó. El barrer una realidad pasada bajo la alfombra descarta cualquier poder transformador. El “borrón y cuenta nueva” solo perpetúa la herida. Es decir shhhh ante el abuso: condena al país a repetir su tragedia.

El Perú no necesita otro político que prometa unidad mientras encubre el pasado. Necesita un liderazgo que diga la verdad, que exija justicia y limpie las heridas con hechos, no con discursos. La reconciliación solo será posible cuando la justicia tenga rostro y la memoria deje de ser incómoda.

Hoy la calle ya no es un espacio de tránsito: es un tribunal moral. Y en ese tribunal, la sociedad ya ha emitido su veredicto: que paguen los que traicionaron al país, que respondan los que confundieron impunidad con perdón. Solo entonces podremos hablar de paz sin sentir vergüenza al pronunciar la palabra. Todo lo demás es mera cosmética.

Cada día que pasa sin justicia, el Perú se desangra un poco más. Pero, ojo: el poder que no se somete a la justicia se condena solo, porque cuando el Estado calla, el pueblo dicta sentencia.