Seamos claros: un candidato que apuesta todo a paneles gigantes, polos bonitos, jingles pegajosos o apariciones en programas “chicha” no está siendo moderno ni creativo; está subestimando algo muy poderoso: el cerebro y el espíritu del elector que clama “¡Mi voto no es un like en Instagram!”. Como diría la Gen Z, “¡No me vives!, cállate con la estética si no tienes sustancia”.
Desde una mirada estratégica, las campañas no se ganan: se pierden. Se pierden por los errores de lectura de lo que el pueblo pide, se pierden por soberbia, se pierden por confundir volumen con sentido. Cuando un candidato basa su estrategia en cuánto dinero puede gastar o cuánta publicidad puede saturar en la calle, ya empezó perdiendo. Porque, al final, el verdadero ganador no es el que más grita, sino el que entiende de verdad o entiende mejor las percepciones de sus votantes.
En política, las percepciones no son un detalle. Son la materia prima. Como bien lo entiende hoy la Gen Z, nacida a un mundo de constante marketing individual en redes, no importa tu intención, importa lo que la gente recibe. Es decir, no vale lo que el candidato cree que comunica: vale lo que el elector interpreta.
Esa es la regla de oro. Y romperla se paga caro.
Por eso no basta con decir “yo quiero esto”. Las preguntas centrales deberían ser otras —más incómodas, más humanas—:
¿Qué necesita mi gente?
¿Cuáles son sus frustraciones?
¿Cuáles son sus aspiraciones?
¿Cuáles son sus miedo?
Un candidato que no entiende esto, que no se hace estas preguntas, o que no sabe responderlas, no construye una estrategia de campaña: construye una cámara de eco. Y en un país como el nuestro, cansado del floro y de las promesas vacías, esa desconexión se castiga en las urnas.
La forma en que cada grupo humano percibe el mundo viene dada por su experiencia: qué estudios tiene, cómo trabaja, dónde vive, qué redes consume, qué contenidos le hablan. No es magia ni casualidad. Personas con estímulos similares suelen reaccionar de forma similar ante ciertos mensajes. Esa “sintonía grupal” es el verdadero campo de batalla de la política moderna. Entender los patrones de comportamiento es la clave para cualquier estrategia política. Y si no la captas, tu campaña será solo ruido.
En ese contexto, la Gen Z en el Perú no es un segmento más: es un actor decisivo. Para las elecciones de 2026, el padrón incluye 6,8 millones de jóvenes entre 18 y 29 años. A eso se suman 2,5 millones de personas votarán por primera vez. Esto no es solo “un bloque electoral”, como lo denominan las estadísticas: en términos estratégicos es un tsunami político. Sobre todo porque este grupo no está enamorado de la política tradicional. Todo lo contrario.
Según un estudio de la USIL, 9 de cada 10 jóvenes no confían en los líderes actuales, y el 88% se informa políticamente a través de redes sociales. Para ellos, la vieja lógica de “es la imagen, causa” ya no funciona. Quieren claridad, honestidad y propuestas concretas. Rechazan a los políticos “tradicionales” del mismo modo en que desconfían de los medios “tradicionales” y “masivos”. Persiguen transparencia, coherencia, donde sea que creen poder encontrarla. Y castigan la impostura.
Su escepticismo es, quizá, su rasgo más definitorio: el 77% siente que no está representado por la clase política, y el 79% afirma que las opciones actuales no le inspiran. Interesantemente, mientras el discurso dominante insiste en que la inseguridad es el principal problema del país, para el 86% de la Gen Z el riesgo más grave es la corrupción. La inseguridad, con todo, aparece después, con un 77%. La lectura es clara: para estos jóvenes, el problema no es solo el delito, sino un sistema que sienten podrido desde la raíz.
Y, aun así, no todo es desencanto. Según una encuesta de Datum Internacional, casi el 60% de los jóvenes que votan por primera vez prefiere la democracia frente al autoritarismo. No estamos ante una generación apática: estamos ante una generación exigente. No quieren solo protestar; quieren participar. No quieren consignas; quieren ser tomados en serio.
Desde una perspectiva estratégica, esto implica dos cosas ineludibles:
- Comunicar con sentido, no con postureo: El mensaje debe conectar con la vida real del votante, no solo con su feed o muro.
- Validar al votante joven como agente activo, no como “instrumento de campaña”: Si no respetas su inteligencia antes de ganar, no esperes legitimidad después.
Como escribí en un articulo hace varios años: “cuando el pueblo grita, debemos escuchar al pueblo, no el grito”. No basta con subir el volumen. Hay que entender por qué grita, qué está reclamando y qué está dispuesto a construir. Nuestros ciudadanos —y especialmente los de la Gen Z— no solo tienen voz: tienen poder. Y votar no es un gesto simbólico ni un acto automático: es una forma concreta de exigir ser escuchados y respetados.
La política que apuesta solo a la imagen no es moderna: es perezosa. Subestima al elector y sobreestima el marketing. Mi voto no es un like ni un reflejo condicionado. Es una evaluación. Y en una democracia real, quienes no saben leer a su gente terminan hablando solos.


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