Una y otra vez nos repiten que vivimos en democracia, que el pueblo decide, que el poder está en nuestras manos, que el voto es sagrado… Pero, cuando abrimos los ojos y miramos alrededor, cuesta encontrar ese poder popular en acción. ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? Las decisiones se toman lejos. Arriba. Detrás de puertas cerradas. Detrás de pantallas llenas de promesas vacías.
Votamos, sí, hacemos la pantomima física de marcar aspas sobre caras, pero muchas veces por costumbre, porque si no nos cae multa, o, si no, más por miedo que por convicción, más por rabia que por esperanza. ¡Esa no es democracia!
Lo que debería ser participación se vuelve rutina y fastidio o chispa de esperanza seguida casi de inmediato por decepción… como cuando soñamos que la selección entrará en el Mundial, ¡esta vez sí! Lo que debería ser “poder del pueblo” se convierte espectáculo, circo de pulgas, acto de prestidigitación en la tele los domingos.
Es ahí cuando la democracia se vuelve en simple escenografía detrás de un programa de risas. Empieza a parecerse un decorado y una estructura real; un decorado precario, hecho de cartón y sostenido por cinta adhesiva.
Una democracia de cartón. Eso es lo que tenemos hoy en el Perú.
El simulacro democrático peruano
Claro que la palabra democracia suena bien. Tiene un linaje clásico y noble: demos, el pueblo; kratos, el poder. Es decir, ese “poder del pueblo” que, acaso, ¿sabemos cómo se ve? Es improbable, pues desde su nacimiento en la Atenas antigua, esa idea ha estado manchada por exclusiones. Democracia, O.K., pero ni mujeres ni esclavos ni extranjeros… solo unos pocos hombres libres pueden acceder a este voto, es decir, participar del “poder del pueblo” que tanto se elogiaba. Platón, escéptico, ya advertía que votar sin conocimiento ni responsabilidad era un juego peligroso. Hoy, tantos siglos después, su advertencia no solo sigue vigente: se ha vuelto cotidiana.
Lo que llamamos democracia muchas veces es solo una ficción, una coreografía para aplacar cualquier ira incipiente del que de pronto se pregunta: ¿Será que mi voz no vale un rábano? Sin embargo, la realidad mayoritaria es que votar por descarte se ha vuelto norma. Conocemos apenas los nombres de los candidatos, mucho menos sus planes o valores. Elegimos como si tuviéramos que optar entre males inevitables. No es porque el peruano sea desinteresado, sino que décadas de decepción lo han vuelto abúlico y desganado. Y las campañas, diseñadas por bufetes especializados en ello, se han convertido en concursos de marketing, temporadas especiales de Esto es guerra, donde los colores y los jingles importan más que las ideas.
El resultado es el que todos conocemos: más frustración, distancia y desconfianza. Una democracia vacía, mantenida en pie por la costumbre, no por la convicción.
La pregunta incómoda no es qué tan falsa es esta democracia de naipes, sino ¿quién participa realmente en ella?, ¿quién la está habitando? Porque aunque hoy, a diferencia de la antigua Grecia, todos los ciudadanos con mayoría de edad tengamos derecho al voto, no todos lo usamos igual. Algunos se abstienen y luego reclaman. Otros votan por bronca, no por ideas. Y la gran mayoría queda atrapada en el gallinero de una zarzuela, zampándose todo el melodrama de pie, sin entender de qué va el guion ni tampoco quién lo escribe.
Y es que en esta puesta en escena de democracia estamos todos en el teatro destartalado, pero muy rara vez en el escenario.
En tiempos de confusión, lo simple seduce.
En este contexto de desilusión, las extremas han sabido pescar a río revuelto.
La extrema derecha, por ejemplo, que con tanta trayectoria de pericia en ello bien sabe cómo embalar el miedo en promesas, ha construido un discurso atractivo en su simpleza: menos impuestos, menos extranjeros, menos Estado, más libertad… ¿Quién no quiere más libertad! Pero conviene detenerse y preguntar: ¿libertad para quién? En los hechos, esa promesa suele traducirse en beneficios para unos pocos: los mismos de siempre, los de arriba, los que tienen a las derechas por las… las riendas. Es decir, las grandes corporaciones ganan margen, el mercado se desregula, y el ciudadano común desaparece del mapa. La salud y la educación se convierten en productos. La vida digna, en un privilegio.
Libertad… pero ¿para quién? La libertad que prometen es selectiva: sirve al que ya tiene. Para el resto, el resultado es más precariedad, más deuda, más ansiedad. Perú con libertad es una fiesta, sí, y no todos estamos invitados. Para quien depende de ella, la libertad ofrecida es un trago envenenado. A esas personas se les trata como piezas de una maquinaria que debe producir sin quejarse. Si no produces, no vales. Se privatiza la salud, se licúa la educación, se degrada la red que sostiene a los más vulnerables. Para quien depende de servicios públicos, el ideal liberal es una trampa; la libertad se vuelve el nombre elegante de una ley del más fuerte disfrazada de justicia.
Ejemplos sobran. En Estados Unidos, durante décadas se vendió una imagen mítica de un “Sueño Americano”, una tierra de oportunidades, reforzada por películas, marcas y banderas. Pero si raspamos la imagen delgadísima se descascara como un papel tapiz barato y, debajo del eslogan, lo que hay es lo que hoy vemos con mayor claridad: racismo sistemático, brutalidad policial, tiroteos escolares, desigualdad estructural y precariedad laboral. Esa película es menos ¡Qué bello es vivir! y más un policial sórdido y setentero, lleno de grano fílmico y polvo blanco.
Los “hechos verdaderos” detrás de la película que se nos vendió revelan una realidad mucho más áspera. Los jóvenes de hoy, millennials y en adelante, que crecieron conectados al mundo, ya no se tragan el cuento: observan con ojos críticos lo que antes se mostraba como ideal. Sin embargo, hoy hay otro lobo disfrazado, el influencer con poder real.
En Argentina, por ejemplo, la estrategia del presidente Milei también expone la fragilidad de esta “libertad” predicada. Su discurso explosivo, amplificado por redes, memes y gritos, seduce a través de la emoción. Pero mientras proclama que “el Estado es el enemigo”, recorta servicios esenciales, ajusta derechos y desarma la red que sostiene a los más vulnerables. El modelo no es nuevo: es el de Trump. Crear enemigos, gritar más fuerte que los demás, gobernar con eslóganes y no con políticas reales, convertir la política en espectáculo, y la ciudadanía en público pasivo.
¿Y para qué? Esa es la pregunta importante. ¿Qué ganan con tanto escándalo, tanto desequilibro, con que el ciudadano pierda humanidad, se convierta en un número, una fuerza laboral, un consumidor, un recurso? Hmm…
El ciudadano es un dato, no una persona
En la psicología sabemos que crecer en pobreza y precariedad no es solo una cuestión económica, es decir, no solo afecta la billetera, sino también la mente, el cuerpo, la autoestima. En la sociología sabemos que las condiciones estructurales y las estructuras sociales —educativas, laborales, económicas— moldean las trayectorias de vida, es decir que o limitan o fomentan que alguien salga adelante. En la política sabemos que insistir en el esfuerzo individual como única respuesta el que “con esfuerzo, trabajo y sacrificio, ¡todos podemos!” es una manera elegante de lavarse las manos, de culpar al individuo por fallas que son sistémicas, de legitimar un orden desigual con palabras como “libertad”, “mérito” o “competencia”.
Aspirante de funcionario populista, repite este mantra neoliberal conmigo:
Si el ciudadano produce, sirve. Si necesita, estorba. La rentabilidad vale más que la dignidad. Un recorte es una victoria (aunque cueste vidas). El pobre es pobre porque no quiere trabajar. Todos tenemos las mismas oportunidades: los que nacemos en cuna de oro y los que no tienen agua potable también.
Esto lo tenemos todos claro, ¿no? Y, sin embargo, ocurre una paradoja dolorosa: muchas veces, quienes más sufren las consecuencias de estos modelos votan por quienes los promueven. ¿Por qué alguien votaría por su propio verdugo? Las respuestas son complejas, pero humanas.
El miedo al cambio paraliza. La esperanza aspiracional —ese “yo también puedo ser rico algún día”— nos hace identificarnos con quienes nos oprimen. El discurso emocional, lleno de enemigos imaginarios, divide y calma ansiedades. Y la culpa, esa que nos enseñan desde chicos, nos hace creer que si no triunfamos es porque no lo intentamos lo suficiente.
Cuando el discurso se convierte en dogma
Por supuesto, la otra cara del péndulo también tiene sombras. Las izquierdas radicales han prometido justicia, pero muchas veces han caído en autoritarismos propios. Hoy nos encontramos en un momento tal.
Cuando la ideología se vuelve dogma, se deja de escuchar. Se deja de corregir. Se deja de evolucionar. Y una izquierda que no se actualiza, que no incorpora los debates urgentes del presente queda atrapada en consignas que ya no interpelan. En algunos países, la socialdemocracia ha sabido adaptarse. En otros, seguimos peleando batallas del siglo pasado con herramientas oxidadas.
Mientras en algunos países europeos, sí se ha logrado combinar justicia social, sostenibilidad y democracia moderna, en América Latina varios movimientos progresistas siguen atrapados en discursos del siglo XX, sin responder a desafíos del presente como el cambio climático, la inteligencia artificial o las nuevas formas de pobreza y exclusión. Aquí, en el Perú, el espejo devuelve otra imagen que la de una izquierda moderna.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos resignamos? ¿Seguimos buscando salvadores que prometan resolverlo todo? Porque ese es otro de los problemas: la fascinación con el “mesías político”, ese líder carismático que vendrá a arreglar lo que está roto. Pero nadie puede solo. Y creerlo nos convierte en espectadores pasivos, en votantes dormidos. Elegimos y nos lavamos las manos, como si eso bastara, como si la democracia fuera un trámite engorroso que hay que hacer cada cuatro años, y no una responsabilidad diaria, una práctica cotidiana, incómoda, exigente.
La democracia no es fácil ni perfecta
La verdad es que la democracia cuesta. Los derechos cuestan. La justicia cuesta. Es cara, lenta, frustrante. Mantener una sociedad equitativa no es rentable a corto plazo. La democracia es carísima. Pero es el único sistema que permite discutir cómo queremos vivir. Lo dijo Winston Churchill (que en su vida política supo cuándo ser conservador y cuándo, liberal, y sin duda supo darle lucha acérrima el extremismo): “La democracia es la peor forma de gobierno —salvo por todas las demás que se han probado.” Y es que la democracia no es fácil ni perfecta, pero sí es valiosa. Porque un Estado no es una empresa. No mide su éxito en ganancias, sino en bienestar. Y la dignidad de una nación se mide por la calidad de vida de quienes menos tienen, no por los índices de crecimiento económico.
Hoy, según The Economist, solo 24 países tienen una democracia plena. Eso representa apenas el 8 % de la población mundial. En América Latina, menos de la mitad de la población prefiere la democracia frente a otras formas de gobierno. En Estados Unidos, la confianza en el sistema electoral se ha desplomado en menos de dos décadas. Y en Argentina, gran parte de los sectores más pobres votaron por un modelo que, hasta ahora, no les devuelve lo prometido. Eso no habla solo de líderes que fallan; habla de una ciudadanía que muchas veces ha dejado de creer, de exigir, de participar.
Y ahí está el fondo del asunto. Una democracia de cartón no se sostiene solo porque los políticos mientan. Se sostiene también por una ciudadanía que ha sido debilitada, desmovilizada o convencida de que nada se puede cambiar.
Pero nada está escrito. Ni la derecha con su mercado sin alma ni la izquierda con sus dogmas anquilosados tienen la última palabra. La única fuerza capaz de renovar la democracia es la participación activa, crítica y constante de quienes la habitan.
Al fin y al cabo, democracia no es una palabra que se repite cada cuatro años. Es una actitud cotidiana. Una forma de vivir, de decidir, de convivir. Es preguntar, incomodar, organizarse, educarse, exigir. Si no nos gusta cómo se ve hoy en día, habrá que reconstruirla desde abajo, como lo hemos estado haciendo, a fuerza de sudor y lágrimas, a lo largo de tiempos de abundancia y guerras, desde la Grecia antigua. Habrá que reinventarla a una imagen moderna con vistas a futuro, con otras palabras, otras prácticas, otras formas de habitar lo Público. Hagamos lo que hagamos, si no la defendemos día a día, tarde o temprano acabaremos con una democracia frágil, una escenografía que se cae con el primer viento fuerte. Y cuando eso pase, lo que quedará no será libertad, ni justicia, ni igualdad. Lo que quedará serán farsas grotescas con forma de líderes, aplausos grabados, y un futuro roto —en otras palabras, el Perú hoy.


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